ARQUITECTURA(s) del SER

No existe la representación sin un espacio predeterminado, sin un territorio donde situar –enmarcar- la razón discursiva de toda narratio, aun dando por buena y válida la idea que, en la práctica activa del arte contemporáneo, cualquier narración lleva implícito el germen de su propia inoperancia, o mejor: de su tan natural como productivo fracaso. Expresado en corto y con otras palabras: no existe representación alguna sin la arquitectura, bien mínima o casi inexistente, donde poder situar, siguiendo la estela ya anunciada por Heidegger, que la casa es el hogar del Ser, el espacio físico donde se lleva a cabo la ceremonia de una ontología de las pasiones, de una narración de lo vital y de lo insignificante, de lo necesario y lo desechable. Por supuesto, voluntariamente no hemos querido hacer referencia a la idea de género, de quien habita la casa del ser. No existe una arquitectura de género.

Desde hace unos años la obra en formato fotográfico, en su sentido más amplio y abarcador, de Begoña Montalbán incide pasionalmente (consideramos importante esta adjetivación concreta) en cómo estructurar una arquitectura sin género (mejor: sin la variación física y morfológica de toda diferencia sexual, aun concediendo la obvia realidad visible en sus obras de que se trata de mujeres) en la cual poder situar, o levantar una imposible maqueta, de una arquitectura del Ser (en femenino), y sin por ello claudicar ante la normatividad masculina de la representación falocéntrica y su mirada, de la verticalidad de una arquitectura que se niega a anular su procedencia biológica. De ahí la horizontalidad (¿democrática?) de unas acciones que, más allá de la obsesiva y multiplicadora presencia de una mismo prototipo de mujer, lo que en verdad nos está diciendo es de lo ficticio de todo pensamiento predeterminado, de toda verdad falsamente consensuada, de que no existen los géneros, sino la voluntad de Ser. Construcción (arquitectónica) de nuestro propio y deseado género. O quizá: construcción cultural de nuestra propia arquitectura como sujetos pensantes y pasionales.

Luis Francisco Pérez