El sujeto occidental ha sido minuciosamente construido a lo largo de siglos de cultura con una imagen de integridad e inviolabilidad corporal. El cuerpo paradigmatico, al menos en el imaginario, es un cuerpo impenetrable, de fronteras bien definidas con el mundo: aislado y autónomo, puro y homogéneo, esencial e invariable.

Sin embargo, una de las apuestas mas sugerentes en las narrativas de nuestra era posthumana es un cuerpo aberrante segun los cánones del humanismo: el ciborg.
Por un lado, porque los cuerpos cibernéticos quebrantan ese limite ficticio marcado por la piel inexpugnable: estan intimamente unidos mediante la tecnologia que les ocupa, muta y desborda (prótesis y cirugías, ingeniería genética, interfaz directa con computadores...) a su contexto material y discursivo.

Además, porque son heterogéneos: participan de categorias mixtas, que minan las dicotomias u oposiciones binarias sobre las que se funda la cultura occidental (naturaleza/tecnologia, original/ réplica, verdad/ simulacro, autonomia/ indiferenciación...), y pecan asi contra el orden genético (e ideológico) corrompiendo su pureza.
Y, finalmente, porque son construcciones: no sancionadas por la divinidad, y que no se pretenden por tanto esenciales, naturales, universales y eternas, sino coyunturales y mejorables, provisionales y elásticas, una especie de materia prima de la que todo procesamiento puede esperarse.

El cuerpo es siempre un correlato de la identidad. Si el sujeto occidental quiere identificarse simbólicamente con un cuerpo (mítico) cerrado y homogéneo, cuya imagen esta íntimamente ligada a la percepción de un yo coherente y unitario (asimismo mitico), deben repelerle estos hibridos experimentales creados mediante combinaciones, sustracciones o añadidos ilegítimos.
Ante ellos, el individuo se siente amenazado, percibe un peligro que pone en duda su contención física, y con ella, la integridad de su estructura psíquica, su subjetividad.

Pero si esa integridad nos parece un mito y, mas importante, una imposición, bien esta amenazarla. A fin de cuentas, sobre ella se han construido los violentos procesos de normalización y represión de la otredad.
Quizá, más allá de su apariencia inquietante, estos cuerpos-collage de alto potencial metafórico puedan sugerir nuevas formas de ser sujetos, proponernos sistemas de identificación más complejos y abiertos, políticas inclusivas y no exclusivas con la diferencia. Quizá podamos aprender de ellos "cómo no ser un Hombre, la encarnación del logos occidental" .