Las obras en esta exposición pertenecen a la serie "J’est un je" que vengo exponiendo desde 1996 y en la que trabajo desde algunos años antes. De hecho las obras presentes abarcan todo este tiempo desde su mismo comienzo y ofrecen una buena visión del conjunto. La serie de grabados que introducen al espectador en el tema, aunque han sido estampados por primera vez para esta exposición, fueron comenzados antes que los cuadros y terminados junto con los primeros. Tres de los cuadros expuestos - el último, aún fresco, pintado específicamente para el espacio de la galería- constituyen junto con otro ausente toda la producción de dos años. Ninguno de ellos repite totalmente el anterior sino que cada uno explota posibilidades técnicas y estilísticas propias sin que estas rompan la coherencia de la serie.
Son pinturas sobre las pasadas guerras en los Balcanes. La de Bosnia-Herzegovina en los primeros cuadros y la de Kosovo en los últimos. Están basadas en imágenes documentales aparecidas en la prensa y la televisión. El punto de vista que adopto puede quedar explícito mencionando simplemente que los cuadros no recogen ninguna escena bélica sino el sufrimiento de las víctimas.
Huyo del espectáculo y frente al frenesí de la noticia dramática ralentizo el tiempo de contemplación y complico la identificación, sirviéndome del simple recurso de ordenar los cuadros en una estructura de diez posiciones que se gradúan desde una máxima distorsión óptica debida a un punto de mira sesgado, que da una imagen irreconocible, hasta la imagen tal como aparece en las fuentes de donde se ha tomado. El espectador descubre el motivo de algunos cuadros –a veces sólo lo intuye- cuando ha recorrido el todo. Todo el impacto de la tragedia debe golpear al espectador sin que le quede el recurso de evitarlo, sin salida para huir. Ni en esta ni en ninguna otra ocasión he mostrado un conjunto completo, sin embargo es un marco virtual que el espectador tiene que considerar.
Los últimos cuadros exploran diversos mecanismos de distanciamiento dirigidos a, a la vez, enfatizar el carácter documental y evitar el rechazo inmediato –o tanto peor, en otros casos la fascinación irracional- que provocan las escenas violentas. La imitación del pixel de la pantalla ha sido exagerada, sin que nunca se convierta en una imagen mecánica. Por el contrario siempre tendremos conciencia de estar ante una imagen manual tras a que hay un autor. Es el autor quien tendrá más autoridad que la pretendida fuente documental para insistir que en las imágenes hay cadáveres que fueron reales y no simulacros. Por otro lado, la imitación precisa permite un preciosismo de ejecución y la lentitud del proceso carga la imagen de tal intensidad que el espectador no puede ignorarla.
Finalmente, el título de la serie resume el mensaje que se desprende de las obras: no a todo nacionalismo, no a todo interés que intente crear una identidad rígida y acartonada, por tanto más fácilmente manipulable. El título es un juego con la célebre frase de Rimbaud "J’est un autre". Si reconocer la pérdida de una identidad mítica fue la tarea ya ineludible a finales del siglo XIX con la que se enfrento el individuo, desde entonces todos los esfuerzos por recobrarla o sustituirla por unos valores fuertes se han mostrado de consecuencias aterradoras.

Simeón Saiz Ruiz